No voy a escribir sobre las elecciones

El pasado 5 de Noviembre de 2024, los ciudadanos de Estados Unidos escogieron a Donald Trump para que sirviese como su cuatrigésimo-séptimo Presidente. Ello sucedió en un entorno complejo, marcado por giros inesperados y dinámicas subyacentes ocultas, todo ello muy interesante. Se llevarán a cabo ricos y profundos análisis al respecto, otros serán más frívolos, pero adelanto que ninguno de ellos tomará lugar en esta página web, bajo ningún concepto.

Ello no se debe a que el autor esté sufriendo un prolongado episodio depresivo por el resultado electoral (me encuentro sorprendentemente bien) ni a que crea que no tiene nada nuevo que contar (hay cosas que muchos analistas están obviando), sino que es una decisión puramente personal y de mirada larga. No voy a escribir sobre las elecciones, ni estas ni, probablemente, ningunas de este año que viene, principalmente porque no pienso seguirlas.

Para los exclusivos lectores de esta página web, es decir, mi amigos y mi familia, estoy seguro de que esto resultará extraño, quizás incluso inconcebible. La política electoral ha formado parte de mis intereses durante, al menos, una década, lo que viene siendo la mitad de mi vida y la esencial totalidad de mi existencia juiciosa. Pero la abdicación es el final de un proceso que lleva bastante tiempo en marcha. No lo había visto antes, pero ahora me resulta evidente.

Me explico: mi amanecer político toma lugar a una edad mucho más temprana que la mayoría. Hoy en día, lo usual es verse en el grueso de la educación política hacia el final de la adolescencia o el principio de la edad adulta, pero yo comencé mi periplo a la tierna edad de diez años, casi once. La entrada de Podemos en España sacudió mi mundo y transformó mi forma de entender la vida política. Aquello pasó de ser algo frío y distante a ser una cosa mucho más personal, casi universal. Yo no lo sabía entonces, pero esa fue la primera piedra en el camino que me ha traído hasta las conclusiones de hoy.

Lo cierto es que mi experiencia no es tan particular. Bueno, quizá sí lo fue entre la cohorte de los chicos de diez años. Pero, hablando en términos generales, hoy presta atención a la política institucional un número de personas mucho mayor que antes de la revolución populista de la década pasada. En España los adalides fueron Iglesias y Abascal, pero casi todos los países han tenido una figura similar: Trump en EEUU, Bolsonaro en Brasil, Milei en Argentina, Le Pen en Francia, Corbyn en RU… Es una lista interminable. Les une su meta común de aumentar la participación política de los sectores desafectados, independientemente de la ideología de cada uno, porque su marca política se beneficia de la misma desafección populista.

Creo que no hace falta que cuente cómo acaba cada una de esas historias. En todos los casos, la llegada de este nuevo populismo desafectado ha causado una amenaza a la democracia o, efectivamente y en el peor de los casos, su erosión. Al contrario de lo que yo mismo hubiese argumentado hace media década, la universalización de la política institucional no ha mejorado la educación política de las masas, sino que ha bajado su nivel discursivo al barro más repulsivo del cinismo y la sociopatía. La política no como forma de mediar conflictos en la sociedad, sino como un partido de fútbol, la guerra por otros medios. Los incentivos favorecen la polarización y las crepitantes tensiones en el sistema diseñado para minimizarlas.

Esta ubicuidad política nos está matando, como sociedad y como individuos. El sector de los yonquis políticos ha existido siempre, pero solían (solíamos) tener fama de ser una panda de amargados y predicadores de la moral. Ya nadie se atreve a decir eso, claro, porque ahora todos somos yonquis políticos. Nadie es capaz de decir que no tiene una opinión formulada sobre el Presidente del gobierno. De igual manera, tenemos una opinión formulada de cómo es nuestra oposición política, un prejuicio que aplicamos con brocha gorda a millones de individuos simplemente por su ideología, cuando ésta no es más que la forma de enmarcar el mismo mundo en el que vivimos todos.

Es por esto que digo lo siguiente sin pizca de ironía: debe votar menos gente, mucha menos. Debemos tratar de conducir esa desafección por el mundo a otro canal: el fútbol, por ejemplo. Algo que realmente pueda ser la guerra por otros medios. La política nos consume por dentro porque sabemos que es importante, pero no todos somos capaces de tomarla en serio, como algo más que un ritual tribal, y la unión de ese grupo al electorado disminuye significativamente nuestras posibilidades de lograr un futuro mejor.

Por mi parte, creo que debería aplicarme el cuento. He pasado la última década de mi vida anteponiendo el análisis electoral a casi todas mis demás prioridades, incluso en momentos en los que no he sentido ninguna motivación por ello. Lo he hecho casi como una obligación porque sé que se me da bien, y creo que ahora entiendo esto como lo que ha sido desde hace años: un ciclo de evitación y de autolesión. He llegado a los 21 años con un círculo de amigos y conocidos muy reducido, y con cada vez menos relaciones de calado muy profundo, y he utilizado este hobby como una forma de escapar de aquello y como una excusa. No me gusta discutirlo en público ni en privado, pero me parece extremadamente probable que tenga trastorno de ansiedad social y trastorno de personalidad por evitación, y este interés ha sido clave para que ninguno de los dos mejorase por la facilidad que me ha brindado para aislarme. Ahora, todo esto debe quedar atrás. Mis intentos de encerrar a la felicidad donde yo la quería, para sorpresa de nadie, han resultado en vano. Me voy a buscarla allá donde esté.

Para los que os quedáis en el mundo del análisis constante, os deseo lo mejor. Sé que es durísimo como afición, porque consume casi tanto tiempo como un trabajo, pero también es apasionante. Sólo os recomiendo que abracéis a quien os quiere todo lo que podáis. Dad paseos, escuchad álbumes. Los presidentes van y vienen, pero sólo vuestra vida es vuestra del todo. Cultivadla. Queredla. A todos se nos acabará.

Nos vemos en el BOE.

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